DETRÁS DEL CHARCO

Enfermos condenados a vivir sólo quieren morir en paz

Hay gente que sabe lo que quiere en la vida: morirse de inmediato. Desean que un médico los ayude a abandonar el mundo amablemente, sin violencia, pero la comunidad científica está dividida y la ley lo castiga. ¿Se puede obligar a alguien a vivir?

máximo peña

Madrid

La noche de Halloween, en la comunidad española de Cataluña, ocurrió un suceso extraño, espantoso y llevado a cabo por personas sin alma: 15 perros, sustraídos de un refugio para animales, fueron amarrados a árboles y, con una sierra eléctrica, se les amputó las patas delanteras. Los vecinos relatan que esa noche los aullidos y ladridos de los perros no dejaban dormir. A la mañana siguiente, aún algunos animales agitaron la cola cuando sintieron los pasos de la gente que se encontró con el horror. Los supervivientes fueron sacrificados de inmediato por el veterinario. “¡Una última bondad para esos animales!”, pensó la mayoría. Pero si hubiesen sido personas y no perros, habría ido a la cárcel el médico ejecutor de la “bondad”.

¿Es correcta una moral que enseña más piedad por los animales que por los seres humanos? Por supuesto que no, aunque ésa sea la moral dominante en la sociedad de hoy, que permite la eutanasia para aliviar el sufrimiento de animales y la castiga si ésta se practica a un paciente que la solicita porque considera que para él ya no vale la pena vivir. Es muy probable que este sea el siglo que vea la instauración de la eutanasia. Pero la batalla ética, legal, social y religiosa apenas comienza.

Pegado a un cadáver

La eutanasia (etimológicamente: “buena muerte”) más extendida y que se mueve peligrosamente dentro de la ley es la llamada “pasiva”, en la que se decide no alargar más de manera artificial la vida del paciente y se suspende el tratamiento. En algunos casos, el facultativo administra dosis crecientes de analgésicos y sedantes con la intención declarada de disminuir el dolor, aunque en la práctica este tipo de medicación precipita la muerte. Pero el comité científico de la Sociedad Internacional de Bioética subraya que sólo existe un tipo de eutanasia: “La intervención activa y directa para provocar a un enfermo, generalmente con grandes sufrimientos y en fase terminal, la muerte que pide libre, reiterada y razonablemente”. Ese no era exactamente el caso de Ramón Sampedro.

El tetrapléjico gallego Ramón Sampedro conmovió a la sociedad española, en 1998, al grabarse mientras se administraba una dosis mortal de cianuro, luego de haber perdido la disputa legal que mantuvo por años sobre su derecho a morir. Las escenas, transmitidas por televisión, mostraron que nadie le había proporcionado de forma directa el veneno, y él dejó claro que fueron varias las personas que colaboraron para que el cianuro llegara hasta su mesa de noche. Unos 25 años atrás, Ramón Sampedro había sufrido un accidente contra unas rocas en el mar gallego y quedó paralizado desde el cuello para abajo. “Mi vida es la que puede tener una cabeza pegada a un cadáver”, dijo una vez. Aunque se abrió un proceso judicial por su muerte, nadie fue a la cárcel.

Aunque practicada en todo el mundo, la eutanasia sólo es legal, desde 1987, en el estado de Oregon, Estados Unidos, y desde este mismo año en Holanda, país en el que es tolerada desde los años 80. Existe una Federación Mundial de Asociaciones pro Muerte Digna, que agrupa a 22 países (el único miembro de América Latina es Colombia), y hay, además, algunos “gurúes” de la buena muerte, como la psiquiatra estadounidense de origen suizo Elizabeth Kübler-Ross, autora del libro La muerte: un amanecer, o el galeno Jack Kevorian, execrado por la comunidad médica al ser el inventor de la llamada “máquina de la muerte”.

En 1990, Kevorian colaboró con el fallecimiento de una enferma del mal de Alzheimer, que le había pedido ayuda. El “Doctor Muerte” conectó la paciente a su máquina: una estructura hecha con desechos de aluminio, de la que colgó tres frascos invertidos llenos de una solución salina, pentotal sódico, una solución de cloruro de potasio y succinilcolina. La paciente pulsó el botón que activó la circulación de los tubos intravenosos enchufados en sus brazos. La muerte llegó en seis minutos. En 1999, luego de haber admitido su participación en el fallecimiento de al menos 130 personas que se lo solicitaron, el “Doctor Muerte” fue condenado a 10 años de prisión.

Libres para morir

Los defensores de la aplicación de la eutanasia activa centran su argumentación en el derecho de cada ser humano a decidir no sólo sobre su vida, sino también sobre la muerte. Como dijo en su testamento el tetrapléjico gallego Ramón Sampedro: “Si no se le concede al individuo el derecho a una muerte racional, voluntariamente decidida, la humanidad no llegará a aceptar su propia mortalidad”. Otra enferma terminal española que ha pedido para sí la eutanasia dice lo mismo con otras palabras: “Querría despedirme de mi familia como si emprendiera un viaje; que conserven de mí una imagen alegre. No quiero que me vean, aún viva, con la boca seca y abierta, sin poderles hablar”. Para quien se encuentra en una situación de este tipo, la alternativa no es entre vida o muerte, sino entre morir despacio y con dolor o hacerlo rápidamente y sin sufrimientos innecesarios. Pero este reclamo de libertad individual choca contra varias objeciones. Un sector importante del mundo médico rechaza la eutanasia porque contradice el juramento hipocrático: “Jamás proporcionaré a persona alguna un remedio mortal, si me lo pidiese, ni haré sugestión alguna en tal sentido”, estableció Hipócrates en el siglo IV a.C. Muchos profesionales de la salud recuerdan que con los avances de la farmacopea es posible controlar el dolor de los pacientes en 90% de los casos. Pero queda 10% por atender... También la Iglesia, por supuesto, alza su voz contra este “crimen” y recuerda que la vida es un don dado por Dios a los hombres y que únicamente Él tiene derecho a retirarlo; argumento que es aplicable a los creyentes, pero que no puede imponerse en sociedades laicas. Otro reparo asegura que legalizar la eutanasia para enfermos terminales sería sólo el primer paso para que otros “débiles” sociales sean “sacrificados”, como ocurrió en la Alemania nazi.

A pesar de que la muerte, la de cada uno de nosotros, es la única verdad indiscutible, sigue siendo éste un tema tabú, algo de lo que no se habla. Durante los últimos 100 años, la sociedad occidental ha experimentado un cambio tremendo en la forma de morir de las personas. Antiguamente, quienes morían de muerte natural lo hacían en su casa, rodeados de seres queridos y en un mundo que les era familiar. Ahora, 70% de las personas enfermas mueren en hospitales, conectados a aparatos extraños, vigilados por desconocidos y casi siempre solos. Quien haya estado en una sala de cuidados intensivos tiene la experiencia de haber visto uno de los lugares más tétricos del mundo. Y, sin embargo, esa es la última morada de muchos. Ni siquiera la muerte se merece algo así.

Concentrada en alargar y salvar vidas, la medicina observa el morir como un fracaso. Por esto, atender a un paciente para que sufra menos cuando ya no hay esperanzas de vida, es una ocupación marginal para los profesionales de la salud. Es indudable que si se humanizase el cuidado de quienes están a punto de irse a un más allá incierto e improbable, las solicitudes de eutanasia disminuirían sensiblemente. Aun así, quedaría una minoría deseosa de cruzar cuanto antes la frontera que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Para ellos es necesaria una legislación cuidadosa, que no deje espacio a las confusiones y que evite casos como el de un parapléjico inglés que, al no encontrar quien lo ayudase a morir, prendió fuego a su casa y ardió con ella; o como la gallega enferma de cáncer, de sólo 30 años de edad, que murió de hambre porque nadie la ayudó a conseguir un final más digno y menos doloroso. El clima en torno a la eutanasia varía en Europa. Bélgica está próxima a seguir los pasos de Holanda en la despenalización. Alemania, Francia y España avanzan en la aprobación del llamado “testamento vital”, documento que le permite a una persona dejar en claro que ante la posibilidad de padecer determinado estado físico, no desea seguir con vida de forma artificial. De signo contrario, la justicia británica acaba de “condenar a vida” a Diane Pretty, a quien se le ha negado la posibilidad de recibir asistencia para morir y así despojarse de la neuropatía incurable que está acabando con su sistema nervioso y que la mantiene sujeta e inmóvil en una silla de ruedas. Porque es la degradación y el dolor lo que más temor produce en las personas, no la muerte. Al que cree en Dios, éste lo recibirá, y el que no cree puede refugiarse en las palabras de Epicuro: “La muerte nada es para nosotros, porque cuando nosotros estamos la muerte no está y cuando está ella no estamos nosotros”.



EL NACIONAL - DOMINGO 18 DE NOVIEMBRE DE 2001

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