Salud

El crack quema el cerebro de los jóvenes

No es vicio. Es una enfermedad. La llamada “piedra”, es la droga más utilizada; le siguen la cocaína y el éxtasis. La mayoría de los consumidores son hombres con edades de 15 a 24 años, que usan a diario los estupefacientes. En Caracas no existen suficientes centros públicos para atender la demanda de tratamientos, ni hay una unidad de desintoxicación. La emergencia del Hospital Psiquiátrico está cerrada desde hace 10 meses

VANESSA DAVIES

Me inicié a los 15 años con basuco. Por curiosidad. Después le siguió la cocaína. La probé para ver qué se sentía. Consumía como 10 pitillos por día. Empecé a buscar ayuda en un centro evangélico. Pero me botaron y volví a caer de nuevo. La segunda vez probé con crack porque quería sustancias nuevas; me lo ofreció un ique amigo. Al principio lo hacía los fines de semana, después lo hacía todos los días. Podía estar una semana sin dormir, puro consumiendo. Uno lo que tiene en la mente es consumir, te olvidas de comida y de todo. Perdí a mi pareja y a mis tres hijos. Parecía un gancho de ropa, flaquito. La droga me afectó la cabeza; ahora se me olvidan las cosas. Me estaba dañando, pero no me importaba. Cuando uno está en ese mundo no ve, no oye. (Jacobo, 29 años, séptimo grado aprobado).

El crack, esa combinación que se quema en una pipa y se aspira el humo, es tan cocaína como el polvo blanco que se inhala. Pero el crack (que debe su nombre al crack-crack-crack que suena al momento de la incineración) desplazó a su prima en el hit parade venezolano de los consumidores. Las estadísticas de la Comisión Nacional Contra el Uso Ilícito de las Drogas revelan que la tristemente célebre “piedra” fue la sustancia más usada en el año 2000 (de 7.593 adictos conocidos, acaparó a 2.948, lo que equivale a 38,8% de las preferencias).

“El crack está de moda”, advierte Jesús Rodríguez, toxicólogo del Observatorio de Drogas de la Conacuid. La “piedra” no es importada; se fabrica en Venezuela a partir de la cocaína. La edad del fármacodependiente promedio se desplaza de los 15 a 24 años (62,7%). 9 de cada 10 son hombres. 6 de cada 10 están desempleados. 73% no había recibido tratamiento. 4 de cada 10 se iniciaron con la marihuana. 72% se droga a diario o varias veces a la semana. Sólo 10% grita ¡auxilio! Empecé con el crack a los 8 años, por el abandono de mis padres. Yo tenía supuestos amigos que me llevaron a ese mundo. El dinero que me daba mi mamá lo gastaba en crack; después la robé a ella para comprar la droga. Llegué hasta tercer año, no pensaba en otra cosa sino en la “piedra” (Iván, 18 años).

Es que el crack se las trae. El que la pruebe se encadena en 15 o 30 días. Este nefasto potencial se lo debe a su pureza (alrededor de 80%, contra 20% del clorhidrato de cocaína) y a la rapidez del efecto (actúa en 10 segundos). Se pueden fumar de 10 a 15 “piedras” por día (¿tal vez 5 o 6 gramos?, aventura Rodríguez). La cocaína o “perico” no se queda atrás. Es la segunda droga más empleada en Venezuela (2.321 consumidores contabilizados). Hay quienes aspiran hasta 10 gramos en 1 semana. “La adicción se produce desde la primera vez en 99,9% de los casos”, alerta el toxicólogo. El “perico” puede costar, en bolívares, 50% o 60% más que la “piedra”. Pero al cuerpo le cuesta lo mismo. “Se pierde la capacidad de discernir, y eso es irreversible”, lamenta. Y el organismo no perdona la mezcla de cocaína con alcohol. El que lo haga se puede quedar, literalmente, en el sitio, debido a que se genera etilato de cocaína (un compuesto que vive 3 días). Es como una ruleta rusa. Mi mamá me internó en un sitio, me escapé y viví un tiempo en la calle, amanecía despierto, caminando; consumía todos los días. En una fiesta me dieron éxtasis; eso te da una nota que te pierdes del lugar. Conseguía dinero robado para comprarlo. Yo lo que quería era evadir la realidad. Sentía personas a mi alrededor, voces. Fumaba marihuana para tranquilizarme (Juan Carlos, 18 años).

La metilendioximetanfetamina (659 usuarios registrados por la Conacuid) es un invento de laboratorio que ni siquiera ofrece un beneficio médico. El éxtasis, importado de Europa y México, tiene nombres (mariposa, mitsubishi, milenium, pacman, kangaroo, hakuna matata, pitbull, e-mail, I love you) y colores (azul, verde, amarillo, gris, blanco, rosado) para engatusar a los adolescentes. A pesar de su tamaño (como el de una aspirina), el efecto dura varias horas. En las fiestas usualmente se traga 1 pastilla de 125 miligramos cada 6 horas.

“Yo no soy adicto, porque lo uso de vez en cuando”, creen los muchachos (la edad de inicio se estima en 12 años). Pero, aclara Alexis Ocanto, director del Hospital Psiquiátrico de Caracas, “entra en juego la bioquímica, la que te obliga orgánicamente. El éxtasis sí produce adicción”. Ha desplazado a la marihuana en las preferencias.


No disponible

Aun cuando el empleo de drogas es un problema de salud pública y una patología, “el fármacodependiente es visto como delincuente y vicioso, y no como un enfermo”, refiere Ocanto. El mercado venezolano se mueve en toneladas. Las cifras de la Conacuid evidencian que entre enero y abril de este año los cuerpos policiales incautaron 7,6 millones de kilos de cocaína, 2,9 millones de kilos de marihuana y 50 mil kilos de crack. Si un consumidor que carece de dinero para costear una clínica decide buscar ayuda en el área metropolitana de Caracas, ¿recibirá el apoyo que espera? La respuesta es un sí condicional, o un no. “Lo que se está brindando no es lo mejor”, reconoce el funcionario. La emergencia del Psiquiátrico de Caracas está cerrada desde hace 10 meses por una remodelación en la que presuntamente hubo irregularidades administrativas. Como 70% de los pacientes que acuden a la institución son fármacodependientes, buena parte se queda en la calle.

Lo cierto es que los tres establecimientos públicos de la capital no se dan abasto: la Unidad de Atención al Fármacodependiente (UDAF) del Psiquiátrico, el Centro de Rehabilitación del Uso Indebido de Drogas de El Junquito (con un promedio de estancia de 90 días) y la Fundación José Félix Ribas. Igor Hernández, director de Hospitales de la Secretaría de Salud de la Alcaldía Mayor, admite que “ante la envergadura del problema, no disponemos de suficientes cupos”. Existe un déficit “tanto de comunidades terapéuticas para el tratamiento, como de camas de emergencia, aun cuando cualquier centro asistencial con un psiquiatra de guardia puede hacer frente a una contingencia”.

Administrativamente, en UDAF se cuenta con 20 camas. Operativamente, caben de 12 a 15 personas. En este momento, por ejemplo, es imposible aceptar mujeres “porque la infraestructura no lo permite (hay un solo baño)”, acota Daxi Jiménez, responsable de la unidad.

Quienes pagan una clínica tampoco las llevan todas consigo. Luis Henríquez, psiquiatra adjunto a la dirección de hospitales de la Alcaldía Mayor, puntualiza que estos lugares son eficaces “para la desintoxicación, pero no para la rehabilitación, porque el modelo consta de seis meses de convivencia”. La sala de urgencias del Psiquiátrico, promete Hernández, estaría concluida en diciembre. Ocanto, no dispuesto a dejarse derrotar, adelanta que se construirá “una unidad muy modesta de cuidados intermedios para alcohólicos y fármacodependientes”. Sin embargo, con el fin de que el proceso de abandonar el consumo sea duradero, se requiere “por lo menos una unidad de desintoxicación con 40 camas; casas intermedias; comunidades terapéuticas públicas; ambulatorios en las parroquias”.

Tormenta interior

El recorrido que le espera a un adicto no es un jardín de rosas, pero de que se puede controlar la enfermedad, se puede. Si experimenta los síntomas de una sobredosis (trastorno cardiovascular y respiratorio) debe ser recluido en terapia intensiva. Si cree que lo están persiguiendo o habla con las paredes (en plena psicosis) “es puesto en realidad en 3 o 5 días con la ayuda de medicamentos”. Es entonces cuando el síndrome de abstinencia entra en escena. Todos los términos que lo describen son antipáticos: agresividad (en 88% de los individuos), irritabilidad, temblores, sudoración, diarrea o molestias abdominales, dolores musculares. La tormenta se repite cada tanto. A diario. Con el soporte del facultativo y de las medicinas que arrinconan la ansiedad y propician el sueño, Alexis Ocanto ha medido el tiempo de rescate: de 8 a 15 días para salir de la crisis; de 2 a 3 meses para manejar el impulso de drogarse. Entre 35% y 40% supera la prueba. “La curación es responsabilidad del mismo sujeto. Quien dice que esto es incurable, está dando un permiso inconsciente para una recaída”, plantea el psiquiatra. El crack es como un gusano que Jacobo vence a diario. “En esto uno pierde todo: familia, amistades. Te quedas solo, y la soledad es lo más malo del mundo”. Palabra de fármacodependiente. Teléfonos de ayuda: Conacuid: 957-3400/ 957-3445; Hospital Psiquiátrico de Caracas: 860-8432/ 860-4433; Fundación José Félix Ribas: 576-0804.



Una casa para curarse

Es difícil dejar de consumir. Te ponen un medicamento, y hasta con el medicamento piensas en la droga. Pero querer es poder. A mi me da como un dolorcito de barriga, sé que tengo ganas, y me pongo a pensar en otra cosa, en el futuro de mis hijos, y paso el momento. También hago oficios para relajarme (Jacobo). En la Unidad de Atención al Fármacodependiente del Hospital Psiquiátrico de Caracas son especialistas en superar adversidades. El año pasado los dejaron sin sede; finalmente, se mudaron a lo que era el área de uno de los servicios. Un régimen casi dictatorial es uno de los secretos de la UDAF. Entre la hora de levantarse a las 5:00 am, y la de acostarse a las 9:30 pm, el día está tan lleno de responsabilidades que no hay tiempo para el crack o el “perico”. Durante un mes, los pacientes no ven a sus familias; lo que se quiere, apunta Daxi Jiménez, es que se centren en ellos.

Aquí lo haces todo por ti mismo. Es ordenar la vida tan desordenada que uno lleva. Tomamos medicamentos que nos calman, hablamos de nuestra rabia (Fernando).

Cada uno de los internos cuelga su ropa, ordena sus zapatos, cocina. Si se gana el privilegio, puede salir a los dos meses, comerse un helado; lo que se pretende es arrancarlos del mundo en el que el placer está al alcance de una inhalación, una bocanada. Tres normas son irrompibles, so pena de ser expulsado: cero drogas (legales o ilegales), cero sexo entre ellos y cero agresiones físicas o verbales. “Este tratamiento se basa en la modificación de la conducta a través de actividades terapéuticas, que son desde las responsabilidades personales hasta la terapia (individual, grupal, familiar)”, enfatiza Jiménez. La rehabilitación se extiende por 2 años (6 meses de hospitalización, y 18 meses bajo atención ambulatoria). Pero no todos la cumplen. “De cada 15 enfermos, 5 se van corriendo”, informa. El síndrome de abstinencia les cobra en sangre. “No puedo, no aguanto”, dicen, y se marchan. Cerca de 20% recae. Hay que tener cuidado, porque el adicto puede sustituir la marihuana por el chocolate o el cigarrillo. En otras palabras, reitera Alexis Ocanto, debe trabajar su dependencia, para que no la supla con otras cosas.





EL NACIONAL - MIÉRCOLES 03 DE OCTUBRE DE 2001

(c)Copyright 2001. CA Editora El Nacional.
Todos Los Derechos Reservados
Una solución